Mumbai Dhobi Ghats. Una especie de bruma

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Cuando el hidróxido de sodio se disuelve en agua desprende una gran cantidad de calor. Tanto como para “encender materiales combustibles”. NaOH es lo que llamamos sosa cáustica. En mi familia, todavía, se usa para hacer jabón, mezclada con agua y aceite. Pero en la lavandería de Bombay se utiliza directamente disuelta en agua porque es mucho más barata que el detergente. Levanta una especie de bruma…

Las cifras en la India son tan espectaculares como difíciles de comprobar. Pero las cuentas suelen coincidir en que en el Dhobi Ghat de Mahalaxmi hay 731 picas, pilas de hormigón con una piedra sobre la que los hombres golpean haces de ropa previamente empapados en el líquido grisáceo resultante de diluir la sosa cáustica en agua. Hombres que pertenecen a una de las treinta y seis subcastas en que se divide la casta más baja: los intocables. Estos dhobi wallahs viven y trabajan allí con sus familias, en jornadas que alcanzan las 16 horas en piletas que normalmente no tienen en propiedad, sino que las alquilan o bien al ayuntamiento –un alquiler que incluye gastos de agua y electricidad-, o bien a algún particular que se ha hecho con ellas. Gran negocio.

La lavandería lleva activa desde el siglo XIX, pegada a las vías de la línea oriental del ferrocarril. Los ingleses la construyeron lejos de la ciudad colonial que habitaban, Colaba, al sur de Mumbai. Una vez más, y cogiendo las cifras con pinzas, dicen que doscientos años después 10.000 trabajadores viven allí. En lugar de lavar la ropa de los británicos y sus ejércitos, sirven a hoteles, hospitales, clientes particulares y grandes productores textiles que envían sus prendas a lavar antes de exportarlas a Europa, a razón de medio millón de piezas por día. La ropa se identifica, se clasifica, se lava, se plancha y se devuelve.

Pero sobre todo, la ropa abruma. Tendida por colores en infinitas cuerdas dobles trenzadas, que permiten no utilizar pinzas sino enganchar las prendas entre las dos y recogerlas rapidísimo -cosa muy útil durante el monzón, cuando la lluvia llega de golpe y sin avisar-.

Las familias se hacinan en habitaciones frente a las extrañas calles simétricas a los dos lados de pilas enfrentadas. La vida se hace desordenada en medio de este caos aparente. Hay quien duerme, quien se lava dentro de las piletas, quien hace los deberes encaramado a un alféizar imposible. Y de todos, parece que sólo a mí me pican los ojos.

A escasos 10 km de allí, fuera del circuito del que persigue lo extravagante, en la península al norte de la bahía, hay un estanque construido en el siglo XII. Cuenta la historia que Sita, la mujer del dios Rama, había sido secuestrada. En su búsqueda, a Rama le entró sed. Una flecha lanzada contra el suelo hizo brotar un afluente del Ganges para que bebiera. El Banganga Tank. Entre el estanque y el mar hay otra pequeña lavandería. De escala humana. Una lavandería en la que la sosa caústica no pica tanto y, dicen, las mafias no han llegado a imponerse. Una historia bonita, un estanque pequeño, una lavandería pequeña, un barrio libre toda la bruma que no sea la del mar.

 

Irene Morán, 2016.

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