Titan Desert: the finish line

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Decía Javier Reverte que “el desierto te disuelve, deshace tu identidad, te sumerge en el vacío sideral de territorios sin apariencia de vida y carentes de alegría, y allí sientes que eres poco más que un humilde grano de arena o un pedrusco sin aliento”. Dios mío, un pedrusco sin aliento…

Vengo de pasar diez días en el desierto yo también. Nada que ver con las experiencias de Reverte, en las que se hacía llamar Martin y viajaba con un puñado de monedas en un bolsillo aparte como fondo para robos y timos. Yo iba con casi mil personas a una competición de BTT, en un campamento ambulante que recorría como un circo 700km en el Sáhara. Diez días en que el polvo de las pistas recorridas lo cubría todo, y el olor de una planta baja recordaba al aceite de oliva.

La imagen romántica del desierto es la de las dunas inmensas, majestuosas. Pero no todo el desierto es así. Y mucho menos en la feria que era la Titán Desert. Constantemente estaba rodeada de gente, de ciclistas, masajistas y mecánicos, compañeros de prensa, de la organización… Lo único que se estiraba allí era la carrera cuando iban pasando los kilómetros y la forma de los ciclistas se revelaba dispar. El resto del tiempo éramos un pelotón. Hasta que llegamos al pie de Erg Chebbi en una ciudad con un nombre precioso: Merzouga. Mar de dunas. Solamente ese día cada uno de los miembros de la troupe encontró un momento para escaparse a pisar descalzos la arena fina. Entonces me acordé de las palabras de Reverte y no me sentí un pedrusco sin aliento. Todo respira.

La arena es un poco como la nieve: se traga los sonidos, los apaga. Cambia de color cuando le da la luz, naranja de día, azul de noche. Amarillo blanquecino al amanecer. Lo mejor que me regalaron las dunas fue el silencio, al fin. De entre las mil personas hubo algunas que tuve más cerca, tanto como para notar su aliento, escuchar sus historias, compartir el calor y el frío, cubrirnos del mismo polvo. En lugar de ser consciente de la insignificancia del ser humano frente a la grandeza de la naturaleza, me sentí enorme. Parte del aliento de algunos pocos. Gente a la que pude tocar, a pesar de una pulsera de plástico que diferenciaba el rol de unos y de otros. Granos de arena que juntos, hacen el desierto.

Según el color de esa pulsera la línea de meta era diferente. La mía fueron un montón de regalos, todos tan efímeros como el polvo del desierto. Pero como el polvo del desierto, me envolvieron sin darme cuenta. Una mano rota en la primera etapa, una clavícula fuera de su sitio, un gimnasio en Xixona, perder una chancla llena de arena y recuperarla. Pero el más bonito de todos fue un beso al final de los 700km. Como si así desaparecieran las fronteras. Esa pulsera me hizo sentir un número durante varios días. Un pedrusco sin aliento. Pero respirábamos igual, bajo el mismo calor, el mismo aire corrompido por el polvo. Y, como decía Daughter, “if you’re still breathing, you are the lucky ones”.

Gracias Miguel, Julio, Iñaki, David, Pablo, Abel, Raimon, Jorge, Rubén, Toni, Froi, Santi, Joan, Iker, Yola, Jesús, Óscar, Tomás, Antonio, Pipo, Inma y Luis. Y gracias Rodrigo, que el beso era el tuyo.

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