La suerte que escupe a la cara. Greg Girard: City of darkness

Greg Girard - Kowloon 16
Siempre que llego a un lugar nuevo y deshago un petate, me doy cuenta de que no tiro las bolsas en las que venían envueltas algunas de las cosas: zapatos, un bote que podría salirse, un regalo… Es una rutina tan breve como leve: sacar lo poco que iba cargado en la mochilita, colocarlo en un armario demasiado grande, en un cajón de una cómoda que nunca sabes si se llenará, y terminar doblando con mimo las bolsas.
Pensar bien dónde guardarlas, en qué cajón de esa cómoda casi vacía, de ese armario que se antoja enorme.

Entonces me quedo parada, mirando alrededor, con la seguridad de tener las bolsas guardadas. Como si conservarlas aumentara, de alguna manera, el círculo de lo poco que poseemos. Esas bolsas que me acompañan hasta que siento mío el lugar al que he llegado, y entonces me deshago de ellas. Es tan poco lo que necesitamos para vivir, y tanto lo que tenemos que cuando nos falta la idea de la desposesión hace que guardemos las bolsas.

El absurdo de la situación me ha hecho encontrarme con una balda en una habitación en la que ahora hay cinco novelas policíacas, un libro de David Jiménez y el segundo tomo de Cincuenta sombras de Grey -por motivos estrictamente profesionales, lo juro-. No he podido evitar pensar en las imágenes de Girard y Lambot de Kwoloon, recordándome lo enorme de los nueve metros cuadrados que ahora son míos.

La historia de Kwoloon, el antiguo bastión chino en el interior de Hong Kong, es apasionante. Al terminar la Primera Guerra del Opio los gobiernos chino e inglés firmaron el tratado de Nankín, por el que se anexionaban una serie de territorios al imperio británico, entre ellos, la isla de Hong Kong. Pero se reservaban en el corazón la colonia el control de la ciudad amurallada de Kwoloon para así supervisar la actividad comercial y el cumplimiento de las condiciones del acuerdo. Y nació una de tantas ciudades tan invisibles como superpobladas; uno de esos sitios en los que parece que a sus habitantes les ha escupido a la cara su suerte. Un reducto al borde de la ley de los dos países que tendrían que gobernarla, y que se convirtió en un destino perfecto para inmigrantes, delincuentes, prófugos… Hasta la invasión japonesa de Hong Kong durante la II Guerra Mundial, Kwoloon se mantuvo prácticamente intacta.

Cayó parte de la muralla y la ciudad siguió creciendo hacia arriba: el límite de catorce pisos marcado por la altura a la que pasaban los aviones. La separación entre edificios no superaba el metro, distancia que se convirtió en la solución de los problemas de la arquitectura improvisada: los edificios se apoyaban literalmente unos en otros. Una maraña de cables impedía que la luz del sol llegase, nunca, al suelo.

Kwoloon

Es la ciudad que fotografiaron Greg Girard e Ian Lambot en City of darkness. Una ciudad que fue demolida en los noventa, para que un parque ocupara su lugar. Pero muchos de los que allí vivían se quedaron cerca, en el barrio conocido como West Kwoloon. Es ahí donde miles de personas se hacinan en jaulas. Literalmente, jaulas. Apiladas unas sobre otras. Cerradas con un candado y de las que, siempre por dentro para evitar robos, cuelgan las sempiternas bolsas de plástico con las pocas pertenencias que sus inquilinos tienen.

jaula

Irene Morán, 2014
Un trozo de cartón en Facebook


Greg Girard, Kwoloon walled city
City of darkness revisited. Por Greg Girard e Ian Lambot

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