Christina Guldager: la intimidad de la poesía de pan y agua

Christina Guldager - Ese espacio de intimidad

En mi grupo de amigos teníamos una suerte de sambenito profano. El que llevaba más tiempo sin sexo, llevaba el farolillo rojo. Cuando había uno que lo tenía durante semanas, o meses, el farolillo tomaba posesión de su cuerpo, y ya no es que llevara el farolillo, es que era el farolillo, para mofa de todos los demás. Claro, cuando por fin follaba era la fiesta, y al día siguiente se organizaba una intervención para hacer el traspaso del honorable título.

Hace unos cuantos años de esto, y los grupos de Whatsapp no existían: la reunión había que hacerla en persona. Pero ahora las cosas habrían sido distintas, y el relevo del farolillo lo haríamos virtual, con un aftersex como prueba de la consumación. El sexo acababa siendo una cuestión de grupo, un evento social que implicaba a más de las dos personas estrictamente involucradas.

El aftersex se ha convertido en un fenómeno imparable, y las parejas cargan las redes sociales con sus fotos todavía sudorosos y con la sonrisa despeinada. Tengo que reconocer que he encontrado alguno gracioso.

aftersex

Recuerdo que hace unos meses a Christina Guldager Facebook le censuró una foto en la que salían unos pechos de mujer. Probablemente hasta padeció el castigo del más allá de tener bloqueado el acceso a su cuenta durante una semana, como el que se queda en una esquina de cara a la pared mientras sus compañeros salen a jugar al patio del colegio. Sosteniendo en cada mano el peso de la decencia mancillada.

Menos mal que el todopoderoso dios que controla nuestra actividad virtual no llega más allá de eso, y Christina sigue haciendo lo que quiere, donde quiere. Incluso cuando ese donde quiere implica dentro de las habitaciones en las que una pareja tiene sexo. Incluso mientras esa pareja tiene sexo, delante de su cámara.

El sexo está lleno de tabúes, de prejuicios y de tapujos. Hay sábanas nupciales, una aberración con un agujero. Hay complejos que llevan a una mano a apagar el interruptor de una lamparita que sume una habitación en una penumbra discreta, pero lo no suficiente para tapar el pudor. El sexo es tan íntimo que a menudo lo escondemos de nosotros mismos. Y apagamos la luz.

Dándole vueltas a esto me he descubierto escuchando las letras de Marea, en las que Kutxi Romero (sorprendente personaje con cuatro libros de poesía publicados) habla del sexo y de la intimidad con total naturalidad. Que se agarra con la misma facilidad a la goma de unas bragas que a las cuerdas vocales de la mujer que desea. Duerme conmigo, y si eres piedra da igual, yo seré camino pedregoso. Una mujer a la que le pide: fóllame como si esta noche me fuera a comer las estrellas una a una.

Podríamos hacer una lista infinita de poemas en los que la oscuridad y el amor van de la mano. Pero me quedo con las palabras de Kutxi:

Que sabrán los poetas y sus míseras bocas de amor, que doctrina habrá en acariciar pieles desde sus versos de mierda, sus falsas vidas, sus supuestos afligidos semblantes, de sus torturadas vidas me río yo, porque yo he visto poesía en las caras y los días de los míos, en callos y sudores, en enfrentadizas miradas a un mundo que no veréis ni en el más abyecto de vuestros sonrosados sueños, en pieles tatuadas por soles navajeros y vientos del sur, yo he visto poesía en madrugadas en vela, en las paredes de mi casa, he visto poesía huir de papeles, dogmas y métricas, poesía sin lágrimas, sin malditismos ni presunción alguna, una poesía de pan y agua, de te quiero porque sí, la que me trajo vida y se la llevará, la que te ofrezco, mundo de mierda, mientras viva.

Kutxi dice, supongo que igual que Christina, que a la oscuridad le sobran besos. Y que cuando estamos a solas, molesta el caparazón. En Ese espacio llamado intimidad Christina nos cuenta que no hay caparazones en una cosa tan primaria y tan estupenda como es el sexo. No sé bien si muestra o sugiere, si da un empujón a la imaginación (eso dice la reseña de Le Cool Magazine). Miro sus fotos y paso deprisa por el movimiento de los cuerpos, evitando colarme en su espacio de intimidad. Y sin embargo, me regodeo en los detalles de cada habitación, buscando rastros de sus vidas. Los posters en las paredes, una foto de un niño, el Domo que nos dio a todos telefónica hace unos años, el espejo ondulado de Ikea, o un extintor en el suelo de un cuarto en el que lo que debería primar son dos cuerpos convertidos en uno, colgando de un columpio, recortados sobre la luz del atardecer de la ventana abierta. Supongo que el sexo, además de pudor, da envidia.

Kutxi y Christina son mucho más valientes que yo, posiblemente más sinceros, y seguro más valientes. Y mucho más que todos esos que cuelgan sus aftersex, con sus sonrisas despeinadas.

Irene Morán, 2014
Un trozo de cartón en Facebook

Christina Guldager

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