¿De quién son, nuestras manos? René Groebli

Groebli Cotton 3

Hace años pasé mucho tiempo queriendo retener a alguien que estaba lejos. Forzando la realidad con palabras del tipo Uno sólo conserva lo que no amarra (ay, Jorge Drexler). Llamando con mil voces en sueños a quien estaba lejos, como dice el poeta en su delirio nocturno:

Tengo el poder de la madrugada
Que no pone umbral a mis deseos.

Tengo la voluntad de no dormir nunca,
Permanecer siempre despierto,
Ordenando la realidad como un pupitre.

Teniéndote conmigo en mi recuerdo

Tengo el poder de no necesitarte
Dejarme llevar por la noche es suficiente
Ahora, mientras, lejos, tú descansas
Es fácil traerte de vuelta con mil voces

Que no serán nada, mañana,
Salvo el olvido de un insomne

(Guillermo Ortiz, El poder del insomne).

Nada se retiene nunca salvo con voces en sueños. Nunca amarrando con las manos. Y tardé mucho tiempo en quererlo creer. Tuve que aprender que las manos no sirven para agarrar. A menudo lo olvido, y a veces una cosa tan rara como un concurso de baile, me lo recuerda.

La danza es un arte al que le prestamos menos atención que a la música, al cine, al teatro. Pero la danza es la expresión máxima del cuerpo hablando, sin ninguna otra pretensión. Sin forzar el mutismo del cine sin palabras, del teatro del silencio. Un bailarín juega con su cuerpo desprendiéndose de sus miembros sin soltarlos. Las manos clásicas acompañan, lánguidas, finalizan un movimiento desde el extremo más lejano del corazón; las flamencas revientan. Pero las manos contemporáneas establecen un diálogo a tres con el cuerpo. ¿Habéis tenido la suerte de ver las manos de un bailarín contemporáneo llenando él solo un escenario? Son manos que empujan, que sujetan manos en las que apoyarse.

Nuestro idioma está lleno de expresiones que usan la mano. Manos generosas: abrir la mano; manos que colaboran: mano a mano; manos que nunca traicionarían: manos limpias; manos que se comprometen: pedir la mano; manos que morirían por una certeza: la mano en el fuego; manos que se entregan: la vida en las manos; manos hábiles, las izquierdas. Manos imprescindibles, las derechas, tan asentadas que aplican incluso para un zurdo…

Pero yo me siento como un bailarín contemporáneo, como si no fueran nuestras, esas manos. Todas esas expresiones deslocalizan la acción que depende de un corazón y viene dictada por un cerebro, para colocarla en ellas, como si pudieran cargar con todos los pesos. Entonces, ¿de quién son, esas manos? ¿Cuántas cosas han rozado, que habríamos querido poseer? Hay cosas que uno toca y no siente suyas. ¿Por qué, si lo tocamos? Cosas que no han pasado de las manos, que nuestra piel compartió y sentimos que se quedaron ahí, casi nuestras. Casi.

Las manos gritan. ¿O no os parecen, estas manos, un aullido?

groebli

Las manos alimentan, arañan, acarician, golpean, protegen. Acompañan. Y, a menudo, dejan vacío el corazón que quiso alimentar, arañar, acariciar. Lo hicieron las manos, como ajenas, siguiendo los designios de un cerebro que, mecánicamente, dio sus órdenes. Y que sólo parece empatizar atendiendo al corazón cuando buscan consuelo, y uno se descubre con una mano aliviando a la otra, entrelazadas.

Con apenas treinta años René Groebli (Suiza, 1927) publicó un ensayo con fotografías de la mujer que amaba, la suya. Una mujer en blanco y negro a menudo sin rostro, pero una mujer que no se esconde, pese a su desnudez. Y el contraste de las fotos en las que las manos no importan, no están, no evocan, con aquellas en las que falta una mano que sostenga un vaso, me sugieren una tremenda prueba de amor. Las manos de su amada no son una segunda y tercera parte de ella: son ella. El mismo hombre que fotografió el alarido de las manos anteriores, simplemente omitió las de su esposa.

Las manos no sirven para sujetar el alma: para eso están las voces, el insomnio, la palabra. O no, porque, si las voces no serán nada mañana, salvo el olvido del insomne, ¿con qué tirar del hilo? Tal vez con unas manos llenas de corazón, unas manos que son un corazón y que, en lugar de cargar con un peso, simplemente lo conducen hasta el lugar al que pertenece. Y desaparecen, como en aquellas fotos…

Irene Morán, 2014
Un trozo de cartón en Facebook

René Groebli
Guillermo Ortiz

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3 Respuestas a “¿De quién son, nuestras manos? René Groebli

  1. Pingback: ¿De quién son, nuestras manos?·

  2. Un artículo excelente; una gran lectura del trabajo de René Groebli y una interesante reflexión sobre la expresión del cuerpo y de las manos. Enhorabuena.

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