Ricard Martínez, Borges y las trampas.

Ricard Martínez

Una coincidencia que se busca es una trampa. Y uno de los grandes amores de mi vida me dijo: Me gusta la gente tramposa. La trampa es astucia mezclada con sangre en las venas. Si no haces trampas en nada, eres básicamente un coñazo.

El germen de la trampa, el núcleo primitivo de la trampa, lo definió Borges con total maestría:

Todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas.

Ricard Martínez hace unas trampas deliciosas, de las que convierte en tan partícipe al espectador como al fotógrafo que tomó la imagen original de la que parte. Recorre las calles de la historia, rincones en los que una vez, alguien, hizo una fotografía. Se coloca en el mismo sitio, y congela su mirada sobre el mismo punto para después, juntarlas en un análisis combinado de dos momentos en un solo lugar. Os invito a que las veáis, porque el ejercicio que propone es una maravilla.

Lo curioso es que buscando los enlaces para colocar aquí abajo, me he encontrado con que el texto con el que presenta Ricard Martínez sus refotografías y su Arqueología del punt de vista, es de Borges, también. ¿Retrampa? No lo sé. Vosotros mismos.

Walter Benjamin decía del retrato que no es casual que esté en el centro de la fotografía más temprana. El culto al recuerdo de los seres queridos, lejanos o difuntos, tiene el valor de culto de la imagen en su último refugio. En la expresión fugaz de un rostro humano en las fotografías más antiguas destella así por última vez el aura.

Benjamin analiza en sus escritos el valor exhibitivo frente al cultual de la imagen, ya contenga o no el rostro de aquellos a los que hemos amado. La última trinchera que es el rostro humano, dice. Cuando esas caras se retiran, sigue diciendo, el valor exhibitivo de las imágenes supera al cultual. Así, el París de Atget. Las pruebas de un proceso histórico que obligan a una lectura estricta. Fotografías que se publican en revistas ilustradas acompañadas de un pie que exigirá una comprensión determinada, fotogramas de una película cuya lectura viene forzada por los fotogramas anteriores.

¿Puede uno contradecir a los grandes, o la trampa es demasiado sonada? Porque en las refotografías de Ricard Martínez vibra la “belleza melancólica e incomparable” de aquello que ya se fotografió, demostrando que no hay una última vez, que el aura no se limita a los rostros humanos. En sus palabras, se trata de habilitar al observador para analizar determinadas imágenes en el mismo lugar donde se realizaron. De esta forma puede comparar el punto de vista del autor con el suyo propio. ¿Es, o no es eso devolverles para siempre el aura?

Irene Morán, 2014
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Arqueologia del punt de vista
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