Los mapas de la luna. Alfonso Almendros

Alfonso Almendros, my father's wrinkles
Los que carecemos de imaginación precisa, o de memoria milimétrica, muchas veces tenemos que recurrir a ciertas artimañas para cuadrar círculos. Hay, por ejemplo, una página web maravillosa de un mapa lunar. Mares y lagos, montañas y accidentes, cráteres. En cada caso un desplegable te permite buscar sus nombres e, inevitablemente, entre ellos, alguno aparece que nos valga para una metáfora barata: el mar de las lluvias, el valle alpino, el lago del sueño…

Pero incluso cuando la tecnología no era una opción la luna es, y siempre ha sido, un hecho. En el siglo III a.c. Eratóstenes de Cirene recopiló para la biblioteca de Alejandría un catálogo con más de setecientas estrellas y, sin embargo, lo que se le reconoce ahora son sus mediciones de la luna. Determinó la distancia que nos separaba de ella con un error importante pero, ¿qué más da? ¿No está, objetivamente, muy lejos? Desde lejos, Artemisa, diosa griega que la representa, se negó una vez a soplar en favor de los troyanos (Troya siempre es un sitio al que volver…). Está tan lejos que en los cuentos infantiles atraparla es un sueño y una aventura. Pero no está suficientemente lejos como para pasar sin pena ni gloria, como las 700 estrellas del viejo selenista.

La luna es el eterno testigo. De un principio a veces, como cantaba Miguel HernándezA la luna venidera /el mundo se vuelve a abrir; de un final otras, como la asistente de vigilias de Luis Cernuda, olvidada vida tras vida de los hombres que pasaron. La luna que Ángel González encuentra abajo, luna por los suelos,/ para los transeúntes de la noche, / que vuelven a sus casa cabizbajos.
O Chris, el romántico locutor de radio de Doctor en Alaska, que despedía su programa de madrugada diciendo Nos veremos por la mañana amigos… o a la luz de la luna… lo que ocurra primero…. O las lunas que giran en el cielo de Chambers, casi tan extrañas como Carcosa y que True detective ha recuperado para un no menos extraño Rusty (*).

La lista es tan larga como mágica y bonita. Y, sin embargo, el poema más bonito a la luna es My father’s wrinkles, la reflexión que le dedica Alfonso Almendros a la memoria de un padre que no conoció, y del que no guarda ningún recuerdo. En sus palabras,

Partiendo de la incapacidad del ser humano de recordar episodios de su vida anteriores al desarrollo del lenguaje hablado, este trabajo construye un estudio detallado del paisaje lunar y su cartografía. Un mapa es una representación simbólica de la realidad y, debido a su carácter bidimensional, está completamente ligado con la imaginación. Es un código que, como las letras del alfabeto, representa elementos reales pero cuya interpretación está fuertemente ligada a la subjetividad de la persona que lo descodifica.

My father’s wrinkles es la comunión de todas las cosas bonitas en una sola, te deja con la plácida sensación de que no falta nada. Es la definición misma de la etimología, aplicada a un padre y a la luna:
Etimología:
(Del lat. etymologĭa, y este del gr. ἐτυμολογία).
1. f. Origen de las palabras, razón de su existencia, de su significación y de su forma.

Hoy, ante Homero, Miguel Hernández, Cernuda, Eratóstenes, Rusty y Alfonso Almendros, como pocas veces, me quito el sombrero.

Irene Morán, 2014
Un trozo de cartón en Facebook

Alfonso Almendros, web personal
Mapa lunar

Alfonso Almendros, my father's wrinkles

Alfonso Almendros, my father's wrinkles

Alfonso Almendros, my father's wrinkles

Alfonso Almendros, my father's wrinkles
(*) Rompen las olas neblinosas a lo largo de la costa,
Los soles gemelos se hunden tras el lago,
Se prolongan las sombras
En Carcosa.
Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
Y extrañas lunas giran por los cielos,
Pero más extraña todavía es la
Perdida Carcosa.
Los cantos que cantarán las Híades
Donde flamean los andrajos del Rey,
Deben morir inaudibles en la
Penumbrosa Carcosa.
Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
Muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
Se secan y mueren en la
Perdida Carcosa.
Chambers. El canto de Cassilda en El Rey de Amarillo
Acto 1º, escena 2

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