La mano muerta de una civilización desaparecida. Javier Corso

Javier Corso - Pintor de Batallas

Javier Corso – Pintor de Batallas

1914 arrancaba con un presagio en forma de noticia en The Evening News: no ha habido tantos años en que los augurios de un buen año fueran tan brillantes como en este. Claro que eso lo decía un periódico estadounidense. En un país en el que, el que fue la mano de la marina durante la Primera Guerra Mundial, Roosevelt, se había dirigido a su pueblo en 1905 al ser elegido presidente diciendo: “Queridos compatriotas, ningún pueblo de la Tierra tiene tantos motivos de gratitud como el nuestro. A nosotros, como pueblo, se nos ha concebido poner los cimientos de nuestra vida nacional en un nuevo Continente. Somos los herederos de la historia, y en cambio no tenemos que sufrir ninguno de los inconvenientes que impone a los países más antiguos la mano muerta de una civilización desaparecida.”

En 1914 Estados Unidos estaba, efectivamente, a años luz de la olla a presión que se iba cociendo en la vieja Europa. La Europa de las revueltas, de las guerras para parar las guerras. La Europa de los imperios bajo cuya sombra se retorcía un enjambre de pueblos e intereses que no siempre eran los mismos. Ni su lengua, ni su religión, ni su pasado *.

Y se inventaron una guerra nacida de alianzas para evitarla.

Erich Maria Remarque cuenta que, sentados en letrinas portátiles, él y tres compañeros suyos, compañeros de clase en Alemania antes de la guerra, compañeros de batallón allí, y en la memoria después de tres años de contienda, jugaban a las cartas con la tapa de una lata de manteca sobre sus rodillas a modo de mesa. Y allí, entre las amapolas y con el permanente zumbido de la artillería, discutían cómo deberían librarse las guerras. Los dos que se hubieran decidido a firmarla, a declarársela, deberían salir a una especie de ruedo, en calzoncillos y con un palo. Y que se pegaran. El superviviente sería el ganador.

Remarque estaba a un lado de las líneas de trincheras de 700 kilómetros que herían Europa de norte a sur, donde Klee pintaba los aviones de camuflaje alemanes. Al otro lado, Robert Graves sobrevivía al primer día de la batalla del Somme. No era fácil, teniendo en cuenta que las bajas llegaron a 20.000 en las filas inglesas sólo durante el primer día. Allí, Tolkien era oficial de información. Se le daban bien los idiomas. Allí, Lewis cumplía diecinueve años. Allí, Conan Doyle y James Barrie perdieron a sus hijos. Algunos eran jóvenes. Otros, como Chesterton, no tanto.

Allí, qué lejos suena allí para los que no están en el frente. Y allí eran la mano muerta, y de ella nacieron Peter Pan, las Crónicas de Narnia, el universo del Hobbit, Sherlock Holmes, el padre Brown, el renacimiento del emperador Claudio.

Sin novedad en el frente es la novela que Remarque escribió durante la guerra, en la que retrata con tanta naturalidad la vida en las trincheras que cuesta trabajo ponerlas en el mismo plano que las fotos que hay de ellas. Sin grandilocuencia, relata el hastío, el frío y el dolor. La camaradería y el compañerismo. La profunda soledad. El miedo, ya no tanto a morir, sino a volver y formar parte de una generación que partió para la guerra desde la escuela, sin tener una profesión a la que aferrarse cuando la contienda terminase. Si es que terminaba antes que él.

Al empezar la guerra, en junio, todos pensaban que iban a pasar las navidades en casa. Creían que no iba a ser tan letal, tan cruel, tan real. Pero no fue así, y a lo largo de cuatro años, Europa se dedicó a destruir sus recuerdos.

Cuando uno termina de leer a Remarque lo que menos importan son los bandos. Los vencedores o los vencidos. Importa el último muerto que Paul carga a sus espaldas, porque es su amigo. De algún modo, quería verle. Ponerle cara detrás de las alambradas, a salvo, no el fondo de los cráteres de un obús. No se puede soportar tanta hostilidad. Como decía Barrie, “He perdido todo rastro de aquella idea que alguna vez tuve en cuanto a que la guerra podía llegar a ser ese sitio donde nace la gloria. Ahora no me parece más que algo indeciblemente monstruoso”. Y entonces me encontré con Pintor de batallas, de Javier Corso.

A través de la trama del papel me he perdido mirando a los soldados sin rostro, intemporales. Poco importa que estos están de maniobras y sean del siglo XXI. Poco importa porque somos la mano muerta no de Europa, sino del mundo. Todos, los Estados Unidos incluídos, mal que le pesara a Roosevelt.

El trabajo de Javier Corso gira en torno al ejército, y ha sido ampliamente premiado y reconocido. Soldados me llamó poderosamente la atención, pero Pintor de batallas me ha devuelto un trozo de humanidad que a veces parece difícil de recuperar cuando en el corazón te estruja una guerra. No tengo muy buena relación con la violencia. Me siento totalmente impotente, incapaz de enfrentarme a ella. Y siento que a través de las fotos de Corso he podido mirar de frente al recuerdo de muchos que no pudieron elegir lanzar al ruedo con un palo a sus superiores.

Irene Morán, 2014
Un trozo de cartón en Facebook

Javier Corso, web personal
*Juan Estaban Constaín para El tiempo.

Javier Corso - Pintor de Batallas

Javier Corso – Pintor de Batallas

Javier Corso - Pintor de Batallas

Javier Corso – Pintor de Batallas

Javier Corso - Pintor de Batallas

Javier Corso – Pintor de Batallas

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s