Los dioses de la culpa: Taslima Akhter. La industria textil en Bangladesh

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En un juicio doce desconocidos se sientan en un estrado, repartidos en dos bancos. Escuchan los argumentos de las dos partes, las declaraciones de los testigos, las reconstrucciones de los hechos. Hechos que pueden serles familiares o no. Motivos que podrían haber compartido. O no. Y se retiran, incomunicados, a deliberar hasta que se ponen de acuerdo sobre el futuro del acusado. Culpable, o inocente. Y cambian su vida para siempre. Los miembros del jurado son los dioses de la culpa.

¿Recordáis Doce hombres sin piedad? Un jurado compuesto por doce tipologías de hombre. El prisillas, el justo, el pasota, el triunfador, el trabajador, el tímido… Henry Fonda era el jurado número 8, y no estaba dispuesto a dejar que se condenara a un tipo sin estar completamente seguro de que era culpable. Podía costarle la cena, el descanso, volver a casa con su mujer, una pelea con el jurado número 7, que tenía prisa. Henry Fonda iba a pelear. Para ser un dios se tomó muy en serio lo de ser justo. Y así debería ser siempre.

Pero cuidado: hay muchos más dioses de la culpa. Todos lo somos. Sin que nadie nos haya preguntado decidimos con cada uno de nuestros actos el futuro de muchos inocentes colocados a dedo en un injusto banquillo de los acusados. ¿Acusados de qué? ¿De ser pobres? ¿De que el primer mundo les haya obligado a depender de su propia pobreza? Y con cada uno de nuestros actos quiero decir comer, movernos, consumir, viajar, vestirnos. Es un juego tramposo para los que no quieren ver y, como hacía el jurado número doce, su triunfo es estar en el lado seguro del tribunal. No va a pasarles nada. No es su destino el que peligra.

Voy a poner un ejemplo más sencillo. Si la temporada que viene se ponen de moda los vaqueros esos que parecen restregados contra una piedra, un jurado imparcial debería saber que para fabricar el kilo de algodón que pesan se han utilizado unos 15.000 litros de agua, y que nadie los ha frotado con un bloque de granito hasta desgastarlos, sino que los han rociado con arena de sílice. Que los tintes que han utilizado para darles el color azul han teñido también las aguas de algún río de Asia. Y sus cosechas. Y a quien se lave en ellas, probablemente. Que tal vez han dado la vuelta al mundo un par de veces antes de llegar a una percha de una tienda en una calle llena de comercios que pertenecen a sólo un puñado de empresas. Que serán las que más y mejor coticen en bolsa. Y que repetirán el modelo de los tejanos con una diferencia de céntimos para el consumidor. Por si fuera poco, la competencia es feroz. Y aún así, venden escandalosamente barato. ¿A costa de qué?

Dentro de un mes se cumple un año del derrumbamiento de la fábrica Rana Plaza en Bangladesh. Miles de muertos y heridos estuvieron sepultados durante días entre los escombros. Miles de vidas rotas, miles de acusados inocentes que, sentados en sus máquinas de coser, estaban esperando el veredicto de un jurado ignorante, a muchos miles de kilómetros de distancia.

Culpables.

Cada vez que una gran catástrofe sacude al primer mundo nos empeñamos en poner nombres a los números de las víctimas. Se leen en voz alta, todos los años en el aniversario. Se escriben en las paredes de los edificios oficiales, se graban en los monumentos a los caídos. Cuando son los nuestros, claro. Nuestros ejércitos, nuestros soldados, nuestras víctimas inocentes. Nuestros caídos. Pues bien, señores, a estos trabajadores bengalíes, con jornadas de doce horas seis días a la semana por menos de cuarenta euros al mes, los tiramos. No son caídos. Así que hoy los traigo cara a cara aquí, para que nos enfrentemos a ellos, a sus familias. Tal vez así, poniéndoles nombre, sabiendo un poco más para poder decidir, podremos ser más justos en el futuro.

Taslima Akhter es una activista que durante años ha luchado en favor de los derechos de las mujeres y los trabajadores. Sostiene que como fotógrafa, tiene que perseguir proyectos que odie o ame profundamente. Y desde 2008 el suyo da vueltas alrededor de los trabajadores del textil, cuyos problemas van más allá del derecho laboral, y afectan al proceso de transición democrática del país. Las altísimas tasas de pobreza, los bajos salarios y la prácticamente nula protección social hacen de Bangladesh una perita en dulce para las compañías textiles multinacionales, que llevan instaladas allí más de veinte años. Los trabajadores luchan para conseguir un aumento de salario desde los 38 euros actuales a 102. Y en medio de una negociación a tres bandas con el gobierno y los representantes de los dueños de las empresas, salieron con la promesa de llegar a 46 euros al mes, con efecto retroactivo desde mayo, un mes después del hundimiento de la fábrica. Pero no lo cumplen. El resultado del trabajo de Taslima es The life and struggle of garment workers. Es, de momento porque, por desgracia, seguirá.

El 79% de las exportaciones de Bangladesh es textil. Y tenemos en nuestras manos limpias -no por inocentes, sino porque el agua de nuestros grifos no viene contaminada- su futuro. Y el de muchos otros. Somos los dioses de la culpa, nos guste o no.

Si queréis saber más, quien más sabe en este país, y quienes más están luchando por ello, van a estar en la III Jornada de Moda sostenible, con Slow Fashion Spain. Y además son un encanto, y aprenderéis mucho. Muy muy recomendable que vayáis.

Irene Morán, 2014
Un trozo de cartón en Facebook

Taslima Akhter, web personal
III Jornada de Moda Sostenible. Madrid, 25 y 26 de abril 2014
Slow Fashion Spain
Federación SETEM
Cortometraje 38, realizado por Interferències para SETEM
Vestidos de ética, un documental de El escarabajo verde
Ropa limpia
No Sandblasting, campaña Ropa limpia
El historial de los gigantes del textil en Bangladesh. Diagonal global
Greenpeace, Trapos sucios
Tráiler Doce hombres sin piedad (Lumet, 1957)
Vestirnos a base de explotación. Periodismohumano.com
Merengue Milengue: Así viven las trabajadoras del textil en Bangladesh.
(*)Documental Perder el hilo, sobre la producción de ropa de trabajo en Marruecos

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