Jesús G. Pastor. Camboya: sacos de humo

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Los cuentos no son, ni deberían ser, patrimonio de los niños. Hay cuentos tan crueles que han llegado a nuestros días en versiones edulcoradas: Rapunzel fue vendida por sus padres a cambio de alimentos, y el estupendo príncipe la dejó embarazada de gemelos después de trepar noche tras noche por su trenza; los padres de Hansel y Gretel echaron de un hogar en el que escaseaba la comida a sus hijos: demasiadas bocas. La belleza de Blancanieves despertó la rivalidad de su madre, y no de su madrastra, hasta el punto de querer que desapareciera de la faz de la tierra. Pero… ¿tanto nos escandalizan estas historias?

Los cuentos, como la vida, deberían estar cargados de enseñanzas, de esperanzas, de herramientas. Los cuentos no deberían terminar nunca. Como aquél en que “un rey pidió a su sierva que le contara una historia, y la sierva comenzó. Dijo: Érase una vez un rey, que le pidió a su sierva que le contara una historia, y la sierva comenzó. Dijo: Érase una vez un rey…

O mejor, hay una historia camboyana, un cuento. Lom era un niño al que, cada noche, su criado contaba un cuento. Al terminar Lom siempre pedía otro, pero el criado se despedía hasta el día siguiente. Y Lom se iba a dormir con las historias del anciano. Historias que había escuchado de labios de su madre y ella, de su abuela. Cuentos de guerreros valientes, de animales fantásticos, de océanos habitados por serpientes y ninfas. Lom presumía delante de sus amigos de saber muchísimas historias, pero nunca se las contaba. Son míos, decía. No se los contaré a nadie. Lom encerraba cada noche los cuentos nuevos en un saco colgado de un gancho en su habitación. Y cada día, salía un murmullo de la bolsa: eran los cuentos, que querían salir. Los cuentos están hechos para ser contados, se decían los unos a los otros.

Lom creció, se convirtió en el clásico joven apuesto de los cuentos y emprendió un viaje hacia el interior del país para casarse con la clásica princesa bonita de los cuentos. Lo que no sabía él era que, en su carreta, en medio del equipaje, iba el pesado saco de cuentos, con su murmullo, conspirando. Lom no era capaz de escuchar lo que decían, pero el anciano sí. Supo que uno de ellos pretendía convertirse en pozo envenenado para que Lom enfermase al beber, que otro de ellos quiso ser sandía para darle un terrible dolor de cabeza al comer, que otro quiso ser serpiente para morderle. Así, el criado evitó parar la carreta cuando Lom quiso beber, siguió guiando al caballo cuando quiso comer, y en plena noche entró en la habitación que compartían los novios y, ante la perplejidad de su amo, degolló a una serpiente que se escondía entre las sábanas. El anciano le habló de los cuentros apretujados en la bolsa, y de su truculento plan para salir. Desde entonces, Lom contó a su mujer un cuento cada noche, y a sus hijos, cuando nacieron. Cuenta la leyenda que, a su vez, éstos se los contaron a los suyos. Y así, Camboya vive libre de sacos de cuentos.

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Lo que Lom no llegó a ver es que en Camboya hay sacos de basura que no son sólo patrimonio de los adultos. Ni de los niños. Son sacos de basura que cientos de familias arañan cada día en el vertedero municipal de Pohnm Penh, un lugar al que llaman la montaña de humo. Bien podría ser el título de un cuento, si no fuera porque la niebla que cubre el vertedero es fruto de los gases tóxicos que emanan de las más de setecientas toneladas de basura que se vierten a diario allí, y cuyos restos recuperables son vendidos por familias que esperan cada día la llegada de los camiones que vomitan su maná. Familias para las que, en palabras de Jesús G. Pastortrabajar es clavar un garfio de metal en la impotencia.

Jesús G. Pastor tiene una serie de fotografías llamadas, como no podría ser de otra manera, La montaña de humo. Fabulísticamente, demuestran la hipocresía de un mundo que endulza las historias de princesasEstéticamente, sus imágenes tienen toda la limpieza de lo sucio. Periodísticamente, son una voz que se levanta contra la creencia de que la prensa prioriza lo que impacta sobre lo que importa. Resulta difícil de creer, y sólo es posible aceptarlo sabiendo que, como diría Lucas Ospina, es un fotógrafo que muestra comprensión por algo que hoy resulta cada vez más escaso: el material y el tiempo de lo humano. Están en vía de extinción los fotógrafos que andan con la cámara al cuello sin la ansiedad de publicar cada toma a cada instante. Más que redes, filtros vintage o artilugios conceptuales, hace falta un documentalismo crudo y sosegado emparentado con el de los fotógrafos de prensa pero sin el embale periodístico.

Miles de turistas empiezan a ensanchar su peregrinaje a los templos camboyanos para recorrer los pocos kilómetros que separan los santuarios del vertedero, y vuelven cargados de fotografías de niños descalzos y sucios, con sus sacos llenos de chatarra, o de algo que comer. Disfrazando de dignidad su falta de valor, las publican acompañadas de pies de foto que rezan: a pesar de todo, en Camboya los niños parecen felices. Como si esos mismos turistas poseedores de un chándal para cada ocasión, no contribuyeran con sus deseos, una vez convertidos en escoria, a hacer más denso el humo que cubre el vertedero. Y entonces se agradecen más trabajos transparentes como el de Jesús. 

Actualmente hay varias ONG’s trabajando en los vertederos, siguiendo la estela de una creada en 1993, PSE (Pour un sourire d’enfant). Han establecido escuelas, programas de formación profesional adaptados a las necesidades de la industria local, y ayudas alimenticias para que niños del vertedero dejen de serlo. El reto al que se enfrentan es inmenso, mucho más de lo que las cuarenta hectáreas de basura presagian. No es sólo basura: es la herida sin cerrar de los jemeres rojos, es el despojo de un capitalismo voraz, es la lógica de la globalización destripada. ¿Será suficiente para devolver los cuentos a los sacos de inmundicia, sea de la clase que sea? 

Irene Morán, 2013
Un trozo de cartón en Facebook
Jesús G. Pastor

La montaña de humo. Y leed a Jesús, que es una delicia leerle.

Pour un sourire d’enfant, ONG en el terreno

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