De vuelta de Kodak: María Latova y Sorolla

María Latova

El verano en que el Museo del Prado albergó la exposición de Sorolla yo estaba con una beca allí, en el archivo fotográfico. Las colas eran infinitas, la gente dentro de las salas se repetía día tras día. Los grupos de niños que se colocaban un visor delante de los ojos para reencuadrar la realidad con la misma libertad que lo hizo Sorolla parecían uno solo. Como fotógrafa he dedicado mucho tiempo a estudiar al valenciano y, aunque me gusta, no era por allí por donde prefería pasear los ratos que el museo estaba cerrado al público. Aunque había un cuadro… un rincón de su jardín con una silla de mimbre, vacío…

Sorolla se casó con Clotilde en 1888, el mismo año en que Eastman lanzó al mundo su Kodak de fácil uso. La misma que se llevaron de vacaciones tantas veces y que era su hijo Joaquín el que mejor manejaba. La revolución del “Usted apriete el botón, nosotros hacemos el resto” cambió las premisas de la fotografía: al sacarla de los estudios de los profesionales se ponía al alcance del usuario no especializado la inmortalización de los pequeños momentos de felicidad, en lugar de los solemnes retratos de estudio que se venían haciendo desde mediados del siglo XIX.

La imaginería que manejamos hoy es hija de los eslóganes de Kodak y su objetivo, muchas veces, es el mismo: plasmar instantes de felicidad. Así eran también muchos de los cuadros de Sorolla, y ése es uno de los motivos que hace que su catálogo nos resulte tan cercano.

El éxito le alcanzó tan pronto que pudo dedicar el final de su carrera al lujo de pintar para sí mismo. Una y otra vez volvía sobre los rincones del jardín de su casa madrileña, que diseñó él mismo y llenó de rosas amarillas, que Clotilde adoraba. Y en esos cuadros despojados del espíritu de Kodak hay algo que me recuerda a los interiores de los palacios vacíos de María Latova: la vuelta a la esencia. A lo solemne.

Los interiores de María tienen una simetría que, lejos de alcanzar el efecto psicológico tan perturbador que hizo famoso a Kubrick, infunde una calma quieta y evocadora. Una apuesta muy serena que dignifica con igual valentía lo sucio que lo limpio, lo habitado que lo ruinoso.

Hace tiempo que no voy al museo Sorolla pero, cosas de la tecnología, en la visita virtual que permite su página no se ven las rosas amarillas que tanto gustaban a Clotilde. Tal vez es porque han crecido los eificios alrededor y ahora el jardín es más sombrío. Da igual. En los cuadros quedarán las rosas igual que en las fotos de María las huellas de lo que fueron los palacios, por muy maquillados que algunos estén.

Irene Morán, 2013
Un trozo de cartón en Facebook

María Latova en Flickr
Sorolla y la visión fotográfica

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2 Respuestas a “De vuelta de Kodak: María Latova y Sorolla

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