Quico García, Dios, y sus manos.

Quico García - En las manos de Dios

Quico García – En las manos de Dios


La mano de Dios nada tiene que ver con En las manos de Dios. Ni Maradona con las más de quinientas mil mujeres que mueren al año al dar a luz en África. Podríamos decir que son dos tipos de ídolos: el futbolístico contra el humano. Cuando me encontré con el trabajo de Quico García recordé aquellos cuartos de final del mundial del 86. Argentina se enfrentaba con Inglaterra y un gol que Maradona tildó de tocado por la mano de Dios dio la victoria al equipo sudamericano. En principio, nada tiene que ver el fútbol con En las manos de Dios. Sólo en principio.

Raro es el ámbito en el que las mujeres no jugamos un papel aprendido, heredado, asumido sin preguntar. En el que, ¿por qué no decirlo? nos toca la peor parte. Dice Quico de las mujeres que protagonizan su trabajo que fallecen sin quejas, ni anestesias que calmen el dolor, un dolor al que quizás se acostumbraron por un sexo que las marca como víctimas de una sociedad pensada para los hombres.

En septiembre de 2000 189 países aprobaron la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas, una serie de ocho ambiciosos objetivos de desarrollo que se pretenden alcanzar antes de 2015. El quinto de ellos, era mejorar la salud materna y reducir la tasa de mortalidad en tres cuartos.

Desgraciadamente, estamos lejos de conseguirlo. Pero el trabajo de Quico devuelve, en cierta medida, la vida a aquellas mujeres que la perdieron. Da voz a los niños huérfanos que dejaron, cuyas probabilidades de sobrevivir en lo feroz de un mundo sin madre son diez veces menores.

Hay amantes y detractores del fútbol. A mí me gusta. Me gusta, sobre todo, contextualizado. Podríamos hablar horas y horas de fútbol. De regates imposibles, de goles mágicos. Incluso de fútbol femenino, que ha cosechado grandes éxitos últimamente. De Cristina Avellán, una seleccionadora que se ha ido a Irán a pesar de saber que tendrá que salir a la calle con velo y sus jugadoras tendrán que entrenar con pantalón largo cuando estén en presencia de hombres. Y me encanta cuando, por un azar de la vida, me hace llegar a un trabajo como el de Quico García.

A finales de los años cincuenta se despertó la superación de la pintura. Los artistas blanqueaban las paredes de las galerías al grito de larga vida a lo inmaterial. Pintores, escultores y teóricos reaccionaban ante las exigencias del mundo del arte: no eran meros fabricantes de dibujos para telas, corbatas, ceniceros, alfombras -decía Kandinsky-. El hombre de hoy está anestesiado; sólo puede sentir lo ruidoso. Si no se le coge por el cuello y se le sacude, seguirá indiferente. La obra de Quico es un agarrón por el cuello, es un ejemplo más de por qué es tan necesaria una pared desnuda. Un momento de reflexión, una puesta en valor de un tema que viene de muy lejos, y que no es fácil encontrar tan bien “pintado” fuera de los tediosos informes llenos de números de la OMS. Las cosas, igual que las personas, parece que se acercan a nosotros cuando les ponemos cara. Y Quico García lo ha hecho.

Irene Morán, 2013
Un trozo de cartón en Facebook

Quico García
Centro de prensa de la OMS
Objetivos de desarrollo del milenio
Unicef: mortalidad derivada de la maternidad

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