Jairo Zabala, las estrellas y la merienda.

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Supongo que llega una edad en la que vemos las cosas desde una perspectiva nueva. Inevitablemente, porque el tiempo pasa. Supongo que esa edad son todas las edades. Cada traspaso de responsabilidades, cada decisión meditada. Antes de ser consciente de la mía, lo fui de la de Jairo Zabala. Las canciones del penúltimo disco de DePedro están llenas más que de amor, de felicidad, de una alegría contagiosa. ¿Quién habla en sus canciones de la merienda? Alguien con una vida real, con hijos, suponía. Con hijos, ahora lo sé.

Pertenezco a una familia, digamos, activa. Practicante, valga la comparación. Somos muchos, cada vez más. Y todas esas nuevas incorporaciones que vienen con la merienda debajo del brazo me han hecho repetir, sin proponérmelo, patrones de vida que habían quedado atrás. Es una sensación rara y agradable.

Al volver a casa de vacaciones he descubierto, repasando las fotos, un álbum muy familiar en el que no sale nadie. Y, sin embargo, está cargado de sensaciones de aquellos años en los que mis padres nos llevaban a la playa: la sombrilla, las coquinas, los pescadores, las palas y, en algunos casos, la casa en la que muchos fueron felices. ¿Serán ciclos, también? La nostalgia es un hecho, pero como decía Fernando León, eso es que nos han pasado cosas buenas. Y más, que llegarán.

Esta tarde preguntaban a Jairo Zabala en una entrevista si seguía saliendo a contar estrellas en las noches de verano. Y decía sí, antes con mis amigos, ahora con mis hijos. Sus palabras están siempre cargadas de la misma esperanza que sus canciones: lo que tenemos es el presente, y el futuro, está por llegar, ¿por qué va a ser malo?

Los hay más y menos fanáticos de contar estrellas. Mi amiga Alba se levantó una mañana y su novio había pintado con rotulador montones de estrellas en la cocina de la casa que acababan de empezar a compartir: “le he puesto a cada estrella el nombre de una de las razones por las que te quiero… y me he quedado sin estrellas”. Alberto sabe que las estrellas son infinitas y Alba que la querría aunque se acabaran.

Qué bonitos los veranos en casa, esté la casa donde esté, y qué bonitas las estrellas.

Irene Morán, 2013

Jairo Zabala, Nubes de papel

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