La memoria voluntaria. Blanca Galindo y Julio Cortázar

Blanca Galindo - Nevermoreland

Inevitablemente Proust y su magdalena vienen a la mente de cualquiera cuando pensamos en la memoria involuntaria. En el mismo instante en que ese sorbo de té mezclado con sabor a pastel tocó mi paladar… el recuerdo se hizo presente… Era el mismo sabor de aquella magdalena que mi tía me daba los sábados por la mañana. Tan pronto como reconocí los sabores de aquella magdalena… apareció la casa gris y su fachada, y con la casa la ciudad, la plaza a la que se me enviaba antes del mediodía, las calles…

Yo soy más partidaria de la memoria voluntaria. De los ejercicios de recuerdo forzoso. Rayuela arranca con Horacio Oliveira contándonos cómo se obligaba a pensar en cosas inútiles de su pasado. Irrelevantes. Recuerdos que desataban recuerdos: fijado uno, los demás venían solos.

Yo aprovechaba para pensar en cosas inútiles, método que había empezado a practicar años atrás en un hospital y que cada vez me parecía más fecundo y necesario. Con un enorme esfuerzo, reuniendo imágenes auxiliares, pensando en olores y caras, conseguía extraer de la nada un par de zapatos marrones que había usado en Olavarría en 1940. Tenían tacos de goma, suelas muy finas, y cuando llovía me entraba el agua hasta el alma. Con ese par de zapatos en la mano del recuerdo, el resto venía solo.

Blanca Galindo ha hecho un ejercicio parecido, Nevermoreland. Después de ocho años volvió a casa de sus padres y recuperó los vestidos que le había hecho su madre y las fotografías que su padre le hizo con ellos puestos. Horacio Olveira frenaba el recuerdo cuando se volvía transcendente. Cuando la lluvia que entraba por sus zapatos marrones le recordaba al poeta Morroni, …los rechazaba porque el juego consistía en recobrar tan sólo lo insignificante, lo inostentoso, lo perecido. Temblando de no ser capaz de acordarme, atacado por la polilla que propone la prórroga, imbécil a fuerza de besar el tiempo, terminaba por ver al lado de los zapatos una latita de Té Sol que mi madre me había dado en Buenos Aires.

Blanca no los ha rechazado, al contrario. Los ha reconstruido. Ella se ve en la niña atrapada en las fotos de cuando tenía siete años, reconoce sus gestos, pero dice “simplemente no puedo usarlos en mi vida adulta“. Sin embargo, ¿no es un gesto, ya, revolver los baúles, recuperar las fotos, armar los recuerdos? Algunos serán suyos, otros se los han contado, o prestado. De las fotografías se desprenden más… Y Blanca ha cosido con todo ello su pasado más lejano. ¿No es lo mismo que pasa con Rayuela, una novela de estructura aleatoria que el lector tiene que coser? Un ejercicio de voluntad.

Al final, la memoria voluntaria es la que cimenta una historia consistente, un cuento redondo. Como Rayuela, como Nevermoreland.

Irene Morán, 2013
(Un trozo de cartón en facebook)

Blanca Galindo

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