La falsa seguridad de las quietas aguas de una piscina: Javier Marqueríe

Javier Marqueríe

En términos de comportamiento acuático podríamos decir que existen dos tipos de personas: las que están sujetas a la marea y las que se dejan llevar, flotando en la superficie, por las corrientes. (Oscar Wilde diría que hay un tercero, las que simplemente existen).

Las primeras son del tipo que esperan en la orilla, como la cabra atada al palo, con un recorrido limitado. Suben y bajan unos metros, pero jamás se alejan demasiado de su centro. Y tienen una tendencia absurda a buscar la compañía de las segundas.

Las que viajan con las corrientes han nacido con un tablón en lugar de un pan debajo del brazo. Y no necesitan más. Se agarran a él y van y vienen en función de la dirección del agua, pasando por encima de las mareas. Y siempre encuentran a alguien atado a un palo en la orilla, que nunca irá más lejos de lo que le lleve la marea. Y que, absurdamente, tiene tendencia a esperar.

En términos de comportamiento acuático podríamos decir que es más seguro evitar el mar y ceñirnos a las piscinas: contenedores cerrados que se nos antojan siempre limpios, transparentes, desinfectados. Sin mareas ni corrientes. Una poza en la que convivir, sin palos, cuerdas ni tablones.

Pero, ah, la vida no es una piscina, la Tierra no es depósito cerrado, sino un planeta del que el 71% está cubierto de agua. Tres cuartas partes. Imposible escapar. Así que las piscinas no son una opción. Ni son tan límpidas como las imaginamos.

Javier Marqueríe publicó en el fanzine 10×15 (I love pools) una serie de fotografías en las que mostraba el interior de unas piscinas: abandonadas, con el agua estancada, llenas de hojas caídas, olvidadas.

Carmen Dalmau ha descrito perfectamente las sensaciones que el trabajo de Javier provoca: Uno de los primeros trabajos de JavierMarquerie Thomas -Un avión se va y un hombre queda a cuatro patas (2007)- me arrebató el corazón. Una piscina en el letargo del largo invierno, teñida con todos los colores de la melancolía, convertida en depósito de los dolores del alma, era la huella del tiempo sobre los escenarios de la infancia, un ejercicio de explicación a través del paisaje de los sentimientos sobre los que construimos los trabajos y los días, adquirir de golpe la certidumbre de que estamos en la edad en la que no siempre será verano, descubrir que la vida iba en serio, como nos advirtió Jaime Gil de Biedma. Nada que añadir.

En términos acuáticos, aunque pudiéramos, las piscinas no son un lugar para quedarse. Es mejor buscar un sitio seguro en el mar.

Irene Morán 2013

Javier Marqueríe Thomas
Publicado en 10×15 I love pools
Carmen Dalmau. Ante vuestros ojos
Irene Morán
Un trozo de cartón en facebook

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2 Respuestas a “La falsa seguridad de las quietas aguas de una piscina: Javier Marqueríe

  1. – Un metro cuadrado no es un buen lugar para vivir, ni tan siquiera para morir, ni para vivir muriendo, se esforzaba por explicar mientras ella pagaba la cuenta.
    -Tienes razón, es mucho mejor dejar que el viento helado sople tu mirada hacia mi piel.

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